Cuentos del Kamasutra: El Museo
Lucía siempre había sentido curiosidad por el Museo de la Seducción, un lugar envuelto en un halo de misterio y erotismo. Hoy, por fin, se había decidido a visitarlo. Al cruzar la puerta, una atmósfera cálida y sensual la envolvió, transportándola a un mundo donde el arte y la pasión se entrelazaban.
La primera sala estaba dedicada a la pintura erótica clásica. Lucía se detuvo frente a un cuadro de Tiziano, "Venus recreándose en la música". La diosa, con su piel nacarada y sus curvas voluptuosas, yacía lánguidamente sobre un lecho, mientras un músico tocaba el laúd. La mirada de Venus, llena de deseo, se clavó en la de Lucía, despertando en ella una oleada de calor.
Siguió su recorrido y se encontró con "El origen del mundo" de Courbet. El cuadro, explícito y provocador, mostraba el sexo femenino en todo su esplendor. Lucía sintió un rubor en las mejillas, pero no pudo apartar la mirada. La imagen la fascinaba y la perturbaba a partes iguales.
En la siguiente sala, las esculturas eróticas de Rodin la dejaron sin aliento. "El beso", con sus cuerpos entrelazados en un abrazo apasionado, transmitía una fuerza y una sensualidad arrolladoras. Lucía sintió un nudo en el estómago y una humedad incipiente entre las piernas.
A medida que avanzaba, la excitación de Lucía crecía. Los cuadros y esculturas, cada uno con su propia historia de amor y deseo, la transportaban a un mundo de fantasía y placer. Se sintió como una voyeur, espiando los secretos más íntimos de los amantes representados en las obras de arte.
Llegó a la sala dedicada al Kamasutra, donde las ilustraciones detalladas de las diferentes posturas sexuales la dejaron boquiabierta. Lucía se sintió abrumada por la cantidad de información y la diversidad de prácticas. Se preguntó si alguna vez sería capaz de experimentar todas esas sensaciones.
La última sala estaba dedicada a la autoexploración. Lucía se sintió identificada con las mujeres representadas en los cuadros, que se entregaban al placer de la masturbación con una expresión de gozo y libertad. Comprendió que el autoconocimiento era fundamental para disfrutar plenamente de la sexualidad.
La excitación de Lucía había alcanzado su punto álgido. Necesitaba liberar toda esa energía acumulada. Buscó los aseos y se encerró en uno de los cubículos. Se sentó en el inodoro y comenzó a acariciarse. Cerró los ojos y se dejó llevar por las sensaciones.
Imaginó que era una de las mujeres de los cuadros, entregándose al placer sin inhibiciones. Sus dedos se movían con rapidez y precisión, explorando cada rincón de su cuerpo. Un gemido escapó de sus labios, seguido de otro más fuerte.
La imagen de "El beso" de Rodin apareció en su mente, y sintió como si los cuerpos entrelazados fueran el suyo y el de un amante imaginario. La pasión la invadió por completo, y alcanzó el clímax con un grito de placer.
Se quedó unos minutos más, recuperando el aliento y disfrutando de la sensación de bienestar. Se sentía liberada y fortalecida. Había descubierto una nueva forma de conectar con su cuerpo y su sexualidad.
Al salir del museo, Lucía se sentía renovada. La visita había sido una experiencia transformadora, un viaje de autodescubrimiento y placer. Comprendió que la sexualidad era una parte fundamental de su ser, y que explorar su propio cuerpo era un acto de amor y libertad.
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