Cuentos del Kamasutra: El Restaurante

Cuentos del Kamasutra: El restaurante

Verónica y Carlos se conocían desde hacía años. Su relación era de colegas, sí, pero también había una chispa latente, una atracción contenida que se manifestaba en miradas furtivas y sonrisas cómplices. La comida en el restaurante indio, un lugar que ambos disfrutaban por su ambiente exótico y su comida especiada, era una oportunidad para acercarse un poco más.

El camarero, un hombre de mediana edad con una sonrisa enigmática, se acercó a su mesa. "Hoy tenemos un plato especial", dijo, con un acento que evocaba tierras lejanas. "Un 'mohini machli', pescado marinado en especias afrodisíacas, una receta ancestral de la India".

Verónica arqueó una ceja, escéptica. "No creo en esas cosas", dijo, con una sonrisa tímida.

Carlos, en cambio, se mostró intrigado. "Suena interesante", dijo. "Podríamos probarlo".

El camarero asintió, con una sonrisa aún más amplia. "Les aseguro que no se arrepentirán", dijo, antes de desaparecer hacia la cocina.

El plato llegó a la mesa, un festín de colores y aromas. El pescado, cocinado a la perfección, se deshacía en la boca, liberando una explosión de sabores exóticos. Las especias, una mezcla de cardamomo, jengibre y azafrán, se mezclaban en una sinfonía sensual.

Verónica, a pesar de su escepticismo inicial, se dejó llevar por la experiencia. La comida era deliciosa, y el ambiente del restaurante, con su música suave y sus luces tenues, creaba una atmósfera íntima.

Pero a medida que avanzaba la comida, Verónica comenzó a sentir algo extraño. Un calor que se extendía por su cuerpo, una sensación de ligereza, un cosquilleo en el bajo vientre.

"¿Te sientes bien?", preguntó Carlos, notando su rubor.

"Sí, perfectamente", mintió Verónica, intentando ocultar su creciente excitación.

El condimento afrodisíaco hacía su efecto, y Verónica sentía cómo su cuerpo se transformaba. Su respiración se aceleraba, su piel se sonrojaba, y sus manos buscaban instintivamente la tela de su vestido, como si necesitaran sentir algo más allá de su propia piel.

La comida continuaba, pero Verónica apenas prestaba atención a las palabras de Carlos. Su mente estaba ocupada con las sensaciones que la invadían, con el deseo que crecía en su interior. Sus piernas se cruzaban y descruzaban, buscando una posición que aliviara la tensión que sentía.

"No puedo más", pensó Verónica, sintiendo cómo el rubor subía por su cuello y sus mejillas. Sabía que su excitación era evidente, que Carlos debía estar notando algo extraño en su comportamiento. Pero no podía controlarlo.

De repente, Verónica se levantó de la mesa, interrumpiendo a Carlos en medio de una frase. "Disculpa, necesito ir al baño", dijo, con la voz temblorosa.

En el baño, Verónica se miró al espejo. Sus ojos brillaban con una intensidad desconocida, sus labios estaban entreabiertos, y su pecho subía y bajaba con rapidez. Se sentía extraña, ajena a sí misma, pero al mismo tiempo, conectada con su cuerpo de una manera que nunca antes había experimentado.

Se tocó con suavidad, explorando las curvas de su cuerpo, la suavidad de su piel, la humedad que la invadía. Se sentía viva, deseada, capaz de sentir placer como nunca antes.

De repente, escuchó la voz de Carlos llamándola. Había seguido sus pasos, preocupado por su repentina partida. Verónica dudó por un instante, pero luego, con una sonrisa pícara, abrió la puerta del baño.

"Ven", le dijo a Carlos, con la voz ronca. "Acompáñame".

Juntos, se encerraron en el baño, y Verónica se entregó al placer, guiada por sus instintos, por el deseo que la consumía. Carlos la siguió, sorprendido y complacido por la repentina transformación de su compañera.

En ese pequeño espacio, entre el eco del agua y el aroma a jabón, Verónica descubrió una nueva faceta de sí misma, una mujer capaz de sentir placer, de expresar sus deseos, de disfrutar de su cuerpo sin inhibiciones.

Moraleja: El autoconocimiento y la comunicación interior son fundamentales para una vida sexual plena y satisfactoria. No tengas miedo de explorar tu sensualidad, de descubrir tus deseos, de expresar lo que sientes. Tu cuerpo es un templo de placer, y tú eres la única dueña de él.

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