Cuentos del Kamasutra: La Reunión
Elena, con su impecable traje gris y su melena castaña recogida en un elegante moño, irradiaba profesionalismo. Sin embargo, bajo esa fachada de seguridad, una corriente de nerviosismo la recorría. El paquete misterioso, con su enigmática nota, había despertado una curiosidad que ahora se mezclaba con la ansiedad. Siguiendo las instrucciones, se había colocado el masajeador, esperando a que algo sucediera.
La sala de juntas, con su imponente mesa de caoba y sus ventanales con vistas a la ciudad, estaba llena de ejecutivos expectantes. Elena, frente a la pantalla, comenzó su presentación, repasando los datos del proyecto con voz firme. Pero entonces, una suave vibración la sorprendió. El masajeador, hasta ahora inactivo, había comenzado a funcionar.
Una ola de calor recorrió su cuerpo, concentrándose en su centro. La sensación era sutil al principio, como un cosquilleo, pero pronto se intensificó, extendiéndose por sus muslos y su vientre. Elena luchó por mantener la compostura, su voz temblando ligeramente mientras explicaba los gráficos.
La vibración aumentó, convirtiéndose en pulsaciones rítmicas que la hacían estremecer. Sus pezones se endurecieron, rozando la fina tela de su blusa. Un calor húmedo se acumuló entre sus piernas, y un sudor frío le recorrió la espalda. Elena sintió que sus mejillas se sonrojaban, y temió que los demás notaran su incomodidad.
Sus pensamientos se volvieron un caos. ¿Quién estaría controlando el dispositivo? ¿Alguien en la sala, observándola con una sonrisa perversa? La idea la excitaba y la aterraba a partes iguales. Cada palabra que salía de su boca se mezclaba con los gemidos silenciosos que amenazaban con escapar de sus labios.
La intensidad del masajeador creció aún más, convirtiendo las pulsaciones en oleadas de placer que la hacían arquearse ligeramente. Elena apretó los labios, mordiéndose el labio inferior para contener un grito. Sus manos, aferradas al puntero láser, temblaban incontrolablemente.
La sala entera pareció contener la respiración. Elena, al borde del abismo, sintió un estallido de placer que la hizo contraerse. Un gemido ahogado escapó de sus labios, y sus piernas se tensaron. Un aplauso ensordecedor la sacó de su trance. La presentación había sido un éxito rotundo, y los clientes estaban encantados.
Justo cuando Elena intentaba recuperar la compostura, un mensajero irrumpió en la sala, disculpándose por el error en la entrega del paquete. La confusión se apoderó de Elena, mientras el mensajero se alejaba con el misterioso dispositivo. La tensión se disipó, dejando a Elena con una mezcla de alivio y deseo insatisfecho. La experiencia había sido un torbellino de emociones, una prueba de fuego para su autocontrol. La pregunta persistía: ¿quién había estado al otro lado del control remoto?
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